domingo, 16 de octubre de 2011

La calle de los mil y pico años Villanueva ofrece un mirador terracampino desde la curiosa torre de su iglesia

Fuente: El Norte de Castilla.


La denominada calle del Centro de Villanueva de los Caballeros podría también llamarse la de los mil y pico años, que son los que suman las edades de sus pobladores, o incluso, la de los hermanos Santiago, moradores tres de sus miembros en este rincón. El eje vertebrador de esta pequeña población de la Tierra de Campos es el más habitado del núcleo urbano. Casi todas las casas están abiertas. En una, Ángel Santiago y su esposa Juliana, en frente, Cecilio Santiago y su esposa Felisa, un poquito más adelante otro de sus hermanos y esposa, justo al lado, Leonides y Nemesia... 


Prácticamente todos han inaugurado ya las décadas de los 70 y 80 años de vida. «Si los sumamos todos, en esta calle hay más de mil años, es la que tiene más vida de todo el pueblo», comentan con sorna mientras practican una de sus actividades preferidas en el buen tiempo; tomar el fresco en la calle.
Sillas bien arrimadas a las aceras y estos matrimonios comienzan la tertulia. «Y con estas temperaturas de octubre como para no salir». El Villanueva de ayer y hoy se somete a examen. También su patrimonio, su actividad diaria y sus dichos e historias varias. Como la que le bautiza como el pueblo de las tres mentiras, por aquello de que ni es villa, ni es nueva ni tiene caballeros. «Bueno -puntualiza Leonides- algún caballero que otro aún queda», a lo que Juliana se apresura a añadir: «Y nueva, como verá usted no hay ni una casa mal, las calles están perfectas y todo el pueblo arregladito».
A veinte metros de la tertulia un grupo de media docena de jóvenes disfruta en uno de los dos bares del pueblo. Aquí los servicios son escasos, «pero suficientes». Una tienda sirve los productos básicos, mientras que el pescadero y el frutero viene todas las semanas desde el vecino pueblo de San Pedro de Latarce. Nada que ver con un Villanueva de los Caballeros que hasta hace medio siglo presumía de albergar viñedo y ganadería para autoabastecerse las familias.

Océano cerealista

Ramón Gutiérrez, boina y cayada en mano, llegó a conocer hasta 300 marranos en algunas casas del pueblo. «La gente aquí vivía muy bien, mataban un par de cerdos y criaban unas cuarenta o cincuenta gallinas y lo tenían todo apañado», comenta este octogenario mientras pasea por el entorno de la iglesia acompañado de su mujer. Este edificio, el que Ramón rodea con pequeños pasos, es el emblema de esta localidad terracampina. Y no solo por ser el edificio histórico con mayor solera, sino por albergar una excepcional torre que no encuentra similitudes en un entorno próximo.


El campanario, con forma de balconada, se asoma a unas vistas inigualables del océano cerealista de la Tierra de Campos. Valladolid y Zamora se fusionan en límites surcados por unos terrenos que ansían agua para germinar. En frente, la villa amurallada de Urueña custodia un atardecer que presume de retratos en los pinceles más exigentes. Lo que hoy agosta en otras épocas se vistió de un viñedo ya inexistente. Con él se marchó la población, salvo en la calle del Centro. 

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